El informe del Banco Mundial, Inhabitable: Enfrentando el calor urbano extremo en América Latina y el Caribe, presenta un diagnóstico claro: las ciudades de la región son cada vez más calientes y, sin medidas proactivas de adaptación, los impactos sobre la salud, la infraestructura, los medios de vida y las economías urbanas serán cada vez más significativos. El cambio climático es el principal impulsor de esta tendencia, pero la urbanización —a través del efecto isla de calor urbano, la pérdida de vegetación y la expansión de superficies impermeables— puede intensificar la exposición dentro de las ciudades.
Escalamiento térmico urbano: una nueva realidad climática
La temperatura promedio del aire sobre la superficie terrestre de América Latina y el Caribe ha aumentado aproximadamente 1,5 °C desde la era preindustrial. En un escenario climático intermedio (SSP2-4.5), el informe proyecta que las temperaturas máximas diarias en las ciudades aumentarán alrededor de 1,5-1,7 °C hacia 2040-2059 y 2,4-2,7 °C hacia 2080-2099, respecto del periodo de referencia 1986-2005.
El cambio más relevante no será únicamente el aumento de las temperaturas promedio, sino la creciente frecuencia de condiciones inusualmente calientes:
- 36 a 69 días calientes adicionales al año hacia mediados de siglo.
- 66 a 116 días adicionales hacia finales de siglo.
El informe considera “día caliente” aquel cuya temperatura máxima supera el percentil 95 histórico de cada ciudad. Ninguna categoría climática queda exenta.
El efecto isla de calor urbano agrava esta tendencia por varios mecanismos:
- el concreto, el asfalto y otros materiales absorben y almacenan energía;
- los edificios reducen la circulación del aire;
- los vehículos y equipos mecánicos emiten calor;
- la escasez de vegetación limita la sombra y la evapotranspiración.
Como resultado, las temperaturas nocturnas urbanas pueden ser, en promedio, 2-3 °C superiores a las de las zonas rurales circundantes y, bajo determinadas condiciones, las diferencias pueden ser mucho mayores.
Los riesgos más agudos ya se observan en algunas ciudades de la cuenca amazónica y el Caribe. Al mismo tiempo, ciudades históricamente favorecidas por la altitud o climas más templados también están experimentando episodios de calor sin precedentes. Ciudad de México, por ejemplo, registró en abril y mayo de 2024 seis de los quince días más calientes de su historia.
Impactos sobre la salud: un riesgo creciente y desigual
El calor extremo compromete la capacidad del organismo para mantener una temperatura corporal segura. Entre sus principales efectos se encuentran:
- mayor estrés cardiovascular;
- deshidratación y daño renal;
- agravamiento de enfermedades preexistentes;
- golpes de calor potencialmente mortales cuando falla la termorregulación.
Los adultos mayores constituyen uno de los grupos con mayor riesgo. El análisis citado por el informe muestra que, en América Latina, el número de muertes relacionadas con el calor entre personas de 65 años o más fue 140 % mayor en 2013-2022 que en 2000-2009. Para 2023 se estimaron más de 48.000 muertes prematuras relacionadas con el calor entre personas mayores de 65 años en la región de las Américas.
Otros grupos con una vulnerabilidad elevada incluyen:
- bebés y niños pequeños;
- mujeres embarazadas;
- personas con enfermedades cardiovasculares, diabetes y otras condiciones de salud;
- trabajadores y personas que realizan actividades físicas intensas durante periodos prolongados bajo altas temperaturas.
El propio informe advierte, además, que las estadísticas oficiales suelen subestimar la mortalidad asociada al calor, porque muchas muertes se registran según su causa clínica inmediata y no por la exposición térmica que pudo haber contribuido a ellas.
El sistema educativo tampoco queda al margen. Las altas temperaturas afectan la concentración y el aprendizaje y, en episodios extremos, han obligado a reducir jornadas, trasladar clases a modalidades remotas o cerrar temporalmente escuelas. Un estudio citado para Colombia encontró que un aumento de 1 °C en la temperatura máxima diaria promedio durante el año anterior se asociaba con una reducción de al menos 2 % de una desviación estándar en los resultados académicos de estudiantes urbanos.
El calentamiento también interactúa con otros riesgos sanitarios. Puede favorecer la expansión geográfica y temporal de enfermedades transmitidas por vectores, junto con cambios en las precipitaciones y el uso del suelo, y puede intensificar algunos componentes de la contaminación atmosférica, incluido el ozono troposférico.
Infraestructura bajo estrés: vivienda, energía y transporte
Gran parte de la infraestructura urbana fue diseñada para condiciones climáticas históricas y no para los extremos térmicos que empiezan a observarse actualmente. El informe identifica vulnerabilidades particularmente relevantes en tres ámbitos.
1. Energía. Las altas temperaturas incrementan la demanda de enfriamiento al mismo tiempo que reducen el desempeño de líneas de transmisión, transformadores y algunos sistemas de generación. A esto se suma la elevada dependencia regional de la hidroelectricidad, que representó alrededor del 45 % de la generación eléctrica en 2022 y es vulnerable a las sequías. La crisis hidroeléctrica de Ecuador en 2024 obligó a realizar racionamientos de hasta 14 horas diarias en algunas regiones y, según el informe, había ocasionado pérdidas económicas de al menos USD 2.000 millones para mediados de octubre.
2. Transporte. Los sistemas de transporte público muestran señales de estrés térmico, entre ellas sobrecalentamiento de motores, dilatación de vías y cables, fallas técnicas y condiciones interiores peligrosamente calientes. En abril de 2024, por ejemplo, se reportaron temperaturas de hasta 39 °C en trenes del Metro de Ciudad de México durante las horas pico.
3. Vivienda. En 2022, alrededor de 93,4 millones de personas —16,9 % de la población urbana de la región— vivían en barrios marginales, asentamientos informales o viviendas inadecuadas. Muchas de estas estructuras presentan ventilación deficiente, materiales que absorben calor, techos poco aislantes y acceso limitado a electricidad, agua potable o sistemas de enfriamiento.
Desigualdad térmica: el calor como amplificador de vulnerabilidades
El calor urbano no se distribuye uniformemente. La exposición depende de factores como:
- densidad construida;
- materiales utilizados;
- cobertura vegetal;
- altitud;
- proximidad a cuerpos de agua;
- configuración física de cada barrio.
En muchas ciudades, estas diferencias coinciden con desigualdades socioeconómicas. Un estudio internacional citado por el informe encontró que, en el 72 % de las 25 ciudades analizadas, los barrios más pobres eran más calientes que los más ricos. En Barranquilla, la temperatura promedio de la superficie en barrios pobres llegó a ser más de 5 °C superior a la de las zonas de mayores ingresos. En el Gran Santiago se han observado diferencias de hasta 6,7 °C entre sectores de la ciudad durante episodios de calor.
Sin embargo, la relación no es automática. El análisis realizado para el informe en diez ciudades de Colombia y México encontró una correlación entre vulnerabilidad socioeconómica e intensidad de la isla de calor superficial en siete de ellas. En ciudades como Bogotá y Medellín, la mayor elevación de algunos barrios vulnerables puede producir un efecto de enfriamiento. Esta evidencia refuerza la necesidad de diseñar las políticas de adaptación a partir de información territorial específica y no de supuestos generales.
La desigualdad también se manifiesta en la capacidad de adaptación. Los hogares con menores ingresos suelen enfrentar simultáneamente varias limitaciones:
- menos recursos para mejorar sus viviendas o financiar sistemas de enfriamiento;
- mayor dependencia de desplazamientos a pie y del transporte público;
- mayor presencia de empleos informales o físicamente exigentes;
- menor capacidad para dejar de trabajar durante episodios de calor sin sufrir pérdidas de ingresos.
Riesgos económicos: el calor ya está afectando la actividad urbana
Las ciudades concentran una parte sustancial de la producción económica de sus países. Ciudad de México generó el 14,8 % del PIB de México en 2023; São Paulo, el 9,2 % del PIB de Brasil en 2021; Montevideo produce cerca de la mitad del PIB de Uruguay, y Quito alrededor de una cuarta parte del de Ecuador.
El calor puede reducir la actividad económica urbana a través de distintos canales:
- disminución de las horas trabajadas;
- reducción de las capacidades físicas y cognitivas;
- daños a infraestructura y maquinaria;
- interrupciones de servicios esenciales;
- efectos de largo plazo sobre el capital humano.
Un análisis elaborado para el informe utilizó la intensidad de la luz nocturna como aproximación a la actividad económica y encontró que las anomalías de calor extremo ya producen efectos medibles. Las ciudades de países de ingresos bajos y medios-bajos registraron una caída estimada de 2,6 % en este indicador durante las anomalías térmicas; en las de países de ingresos medios, la reducción fue de 1,2 %; mientras que en las ciudades de países de ingresos altos no se observó una caída equivalente.
Las proyecciones son igualmente relevantes. El modelo económico utilizado por el informe indica que, al considerar conjuntamente los efectos persistentes del cambio climático y la isla de calor urbano, las pérdidas pueden crecer de manera sustancial. El modelo sugiere que algunas capitales podrían alcanzar pérdidas económicas anuales superiores al 5 % del PIB ya durante las décadas de 2020 y 2030, mientras que otras áreas metropolitanas podrían superar ese umbral entre las décadas de 2040 y 2050.
Se trata de resultados de modelación, no de pérdidas inevitables: su magnitud dependerá, entre otros factores, de la trayectoria climática y de la capacidad de adaptación.
Soluciones integradas: lugares, personas e instituciones
El Banco Mundial estructura las prioridades de adaptación alrededor de tres pilares complementarios: lugares, personas e instituciones.
1. Lugares. Reducir el calor generado y retenido por el entorno construido mediante:
- uso más eficiente del suelo;
- diseño urbano sensible al clima;
- corredores de ventilación;
- mayor disponibilidad de sombra;
- expansión de la cobertura arbórea y los espacios verdes;
- estrategias de enfriamiento pasivo en los edificios, como orientación adecuada, ventilación cruzada, techos altos y superficies reflectivas.
2. Personas. Reducir la exposición y proteger especialmente a quienes enfrentan mayores riesgos mediante:
- sistemas de alerta temprana;
- campañas de salud pública;
- centros de enfriamiento;
- medidas de seguridad ocupacional;
- adaptación de las condiciones de trabajo durante episodios de calor;
- mecanismos de protección social para quienes no pueden dejar de trabajar sin perder sus ingresos.
3. Instituciones. Incorporar explícitamente la resiliencia al calor en las estrategias, presupuestos y operaciones de las ciudades. Los planes de acción contra el calor permiten coordinar organismos, establecer responsabilidades, definir metas e indicadores y vincular las medidas de emergencia con transformaciones de infraestructura y planificación de más largo plazo.
La efectividad depende de combinar los tres pilares. Reverdecimiento urbano sin protección para trabajadores, sistemas de alerta sin infraestructura resiliente o planes sin financiación suficiente difícilmente podrán responder por sí solos a un riesgo de esta escala.
Medellín: adaptación urbana con beneficios múltiples
Los Corredores Verdes de Medellín son uno de los casos destacados por el informe. En 2016, la ciudad puso en marcha una iniciativa de tres años y aproximadamente USD 16,3 millones.
Entre sus principales resultados se destacan:
- 8.800 árboles sembrados, además de palmeras y arbustos;
- intervención a lo largo de 18 vías urbanas y 12 vías fluviales;
- capacitación de 75 personas de entornos desfavorecidos para el cuidado de los espacios verdes;
- reducción aproximada de 2 °C en la temperatura del aire en las áreas intervenidas;
- mejoras en la calidad del aire y retorno de fauna urbana.
La intervención priorizó zonas con altos niveles de tráfico y contaminación e impulsó posteriormente nuevas inversiones en infraestructura verde.
El caso muestra que las soluciones basadas en la naturaleza pueden cumplir simultáneamente funciones de adaptación térmica, mejora ambiental y desarrollo urbano, siempre que sean diseñadas y mantenidas como parte de una estrategia de largo plazo.
Una agenda de habitabilidad urbana
El calor urbano extremo ya no puede entenderse únicamente como un problema meteorológico. El informe muestra que se trata de un riesgo transversal que conecta cambio climático, planificación urbana, vivienda, energía, transporte, salud, educación, empleo, desigualdad y productividad.
La evidencia también señala que buena parte del riesgo puede gestionarse. Las ciudades no pueden detener por sí solas el calentamiento global, pero sí pueden:
- reducir la intensidad de sus propias islas de calor;
- adaptar la infraestructura;
- proteger a las poblaciones más expuestas;
- preparar sus instituciones para responder a episodios cada vez más frecuentes.
En ese sentido, adaptar las ciudades al calor extremo no constituye únicamente una política climática. Es una condición cada vez más importante para preservar su habitabilidad, equidad, continuidad de servicios y capacidad económica durante las próximas décadas.
